Ferdinand de Saussure y el Ajedrez

Ajedrez en la Historia

Comparaciones entre el lenguaje y el ajedrez del padre de la Linguística

Ferdinand de Saussure (1857-1913), está considerado como uno de los fundadores de la Lingüística que es la ciencia que estudia el lenguaje humano y las lenguas. En su “Cours de linguistique générale”, su gran obra, aplica algunas comparaciones entre el lenguaje y el ajedrez.

“La lengua es un sistema que sólo conoce su propio orden. Una comparación con el juego de ajedrez lo dejará más claro. Ahí es relativamente fácil distinguir lo que es externo de lo que es interno: es externo el hecho de haber pasado de Persia a Europa; es interno, por el contrario, todo lo que se refiere al sistema y a las reglas. Si sustituyo las piezas de madera por las de marfil, el cambio es indiferente para el sistema: pero si disminuyo o aumento el número de piezas, este cambio afecta profundamente a la "gramática" del juego. No obstante, es cierto que es necesario prestar cierta atención para hacer distinciones de este tipo. Así, en cada caso se planteará la cuestión de la naturaleza del fenómeno y, para resolverla, se observará esta regla: todo lo que cambia el sistema en cualquier grado es interno”

Bibliothèque nationale de France, département Littérature et art, 8-X-19079

“Pero de todas las comparaciones que podrían imaginarse, la más demostrativa es la que se establecería entre el juego del lenguaje y una partida de ajedrez. En ambos lados, se está en presencia de un sistema de valores y se asiste a sus ' modificaciones. Una partida de ajedrez es como una realización artificial de lo que el lenguaje nos presenta de forma natural.

Veamos la cosa más de cerca.

En primer lugar, un estado del juego se corresponde bien con un estado de la lengua. El valor respectivo de las piezas depende de su posición en el tablero de ajedrez, al igual que en el lenguaje cada término tiene su valor por su oposición con todos los demás términos.

En segundo lugar, el sistema nunca es más que momentáneo; varía de una posición a otra. Es cierto que los valores también y sobre todo dependen de una convención inmutable, la regla del juego, que existe antes del comienzo de la partida y persiste después de cada movimiento. Esta regla de una vez por todas también existe en el lenguaje; son los principios constantes de la semiología.

 Por último, para pasar de un equilibrio a otro, o -en nuestra terminología- de una sincronización a otra, basta con el movimiento de una pieza; no hay una agitación general. Tenemos aquí la contrapartida del hecho diacrónico con todas sus particularidades. En efecto:

 a) Cada movimiento de ajedrez pone en movimiento sólo una pieza; del mismo modo, en el lenguaje los cambios sólo afectan a elementos aislados.

b) A pesar de ello, la jugada tiene una repercusión en todo el sistema; es imposible que el jugador prevea exactamente los límites de este efecto. Los cambios de valores resultantes serán perjudiciales, muy graves o de importancia moderada. Un movimiento así puede hacer girar toda la partida y tener consecuencias incluso para las piezas momentáneamente fuera de juego. Acabamos de ver que es exactamente lo mismo para la lengua.

c) El desplazamiento de una pieza es un hecho absolutamente distinto del equilibrio anterior y del posterior. El cambio operado no pertenece a ninguno de estos dos estados: y los estados solos son importantes.

En una partida de ajedrez, cualquier posición dada tiene por carácter singular estar libre de sus antecedentes; es completamente indiferente que se haya llegado allí por un camino o por otro; el que ha seguido toda la partida no tiene la menor ventaja sobre el curioso que viene a inspeccionar el estado del juego en el momento crítico; para describir esta posición, es perfectamente inútil recordar lo que acaba de suceder diez segundos antes.

Todo esto se aplica también al lenguaje y consagra la distinción radical entre lo diacrónico y lo sincrónico. El habla sólo opera sobre un estado del lenguaje, y los cambios que se producen entre estados no tienen cabida en él.

Sólo hay un punto en el que la comparación es defectuosa; el ajedrecista tiene la intención de hacer la jugada y ejercer una acción sobre el sistema; mientras que el lenguaje no premedita nada; es espontáneo y fortuito que sus piezas se muevan -o más bien cambien-; la diéresis de Hànde por hanti, de Gciste por gasti (ver p. 120), produjo una nueva formación plural, pero también dio lugar a una forma verbal como tràgt para tragit, etc. Para que la partida de ajedrez se parezca en algo al juego del lenguaje, habría que suponer un jugador inconsciente o poco inteligente. Además, esta única diferencia hace que la comparación sea aún más instructiva, al mostrar la absoluta necesidad de distinguir en lingüística los dos órdenes de fenómenos. Pues, si los hechos diacrónicos son irreductibles al sistema sincrónico que condicionan, cuando la voluntad preside un cambio de este tipo, con mayor razón lo serán cuando hacen intervenir una fuerza ciega en la organización de un sistema de signos.”


“Pero, al igual que el juego del ajedrez consiste en la combinación de las diferentes piezas, el lenguaje tiene el carácter de un sistema basado completamente en la oposición de sus unidades concretas. No se puede prescindir de conocerlas, ni dar un paso sin recurrir a ellas; y, sin embargo, su delimitación es un problema tan delicado que uno se pregunta si están realmente dadas.”

“Por último, no todas las nociones abordadas en este apartado difieren esencialmente de lo que hemos llamado en otras ocasiones valores. Una nueva comparación con el juego de ajedrez nos hará comprenderlo (ver p. 125 y ss.). Tomemos un caballo: ¿es sólo un elemento del juego? Ciertamente no, ya que en su pura materialidad, al margen de su plaza y de las demás condiciones del juego, no representa nada para el jugador y se convierte en elemento real y concreto sólo una vez revestido de su valor y formando cuerpo con él. Supongamos que en el transcurso de una partida esta pieza se destruye o se pierde: ¿se puede sustituir por otra equivalente? Ciertamente: no sólo otro caballo, sino incluso una figura desprovista de todo parecido con ésta será declarada idéntica, siempre que se le atribuya el mismo valor. Así, vemos que en los sistemas semiológicos, como el lenguaje, donde los elementos se equilibran recíprocamente según reglas determinadas, la noción de identidad se confunde con la de valor, y viceversa.”